Por: Juan Conde
Durante la primera mitad del siglo XX, en una Europa que aún vivía la herencia cultural de la Belle Époque, el ciclismo en pista era mucho más que un deport: era espectáculo, cultura popular y encuentro social. En el corazón de París, muy cerca de la Torre Eiffel, existía un lugar que condensaba todo ese espíritu: el Vélodrome d’Hiver, conocido por los parisinos como el Vel’ d’Hiv.
Durante décadas fue un auténtico templo del ciclismo bajo techo, escenario de carreras legendarias y de las célebres “Seis Días de París”. Sin embargo, con el paso del tiempo, ese mismo lugar quedaría marcado también por uno de los episodios más oscuros de la historia europea.
El Velódromo de Invierno de París, o Vel’ d’Hiv, fue durante años la gran catedral del ciclismo de pista en la capital francesa. Allí se vivieron gestas deportivas, ovaciones estruendosas y noches interminables de competición. Pero también, lamentablemente, aquel recinto quedaría asociado a uno de los capítulos más tristes de la historia moderna de Francia.
Hoy te cuento su historia: desde sus inicios como escenario del espectáculo ciclista hasta su legado como lugar de memoria.
El templo del ciclismo de pista

Todo comenzó tras la Exposición Universal de 1900 en París. Uno de los grandes edificios utilizados durante la feria, la Salle des Machines, quedó sin uso durante un tiempo y más tarde sería adaptado para convertirse en un moderno velódromo cubierto. Diseñado en tiempo récord por el arquitecto Gaston Lambert, el recinto abrió sus puertas con una pista de madera de aproximadamente 333 metros, rodeada de gradas con capacidad para cerca de 20,000 espectadores.
El público llenaba el velódromo para ver competir a los grandes corredores del momento en eventos como las famosas carreras de seis días, una modalidad que había nacido en Nueva York y que conquistó Europa bajo el nombre de “l’américaine”. Era un espectáculo único: velocidad, resistencia y estrategia, con equipos de dos ciclistas que se relevaban continuamente sobre la pista.

Por el Vel’ d’Hiv pasaron figuras del ciclismo como Émile Georget y Louis Trousselier, contemporáneos de la era pionera del ciclismo que también dio figuras como Maurice Garin, el primer ganador del Tour de Francia. Entre el público se mezclaban deportistas, artistas y miembros de la alta sociedad parisina. Mistinguett, el barón Henri de Rothschild… todos acudían al velódromo como quien hoy asiste a un gran concierto o a un espectáculo deportivo de primer nivel.
Del deporte al horror: la redada del Vel’ d’Hiv
El mismo escenario donde durante décadas resonaron los aplausos para los héroes del ciclismo se convirtió, en julio de 1942, en una trampa para miles de personas. Bajo órdenes de la ocupación nazi y con la colaboración de la policía francesa del gobierno de Vichy, 13 152 judíos —entre ellos 4 115 niños— fueron arrestados en París y confinados en el Vel’ d’Hiv.

La pista de madera que había visto correr a campeones del ciclismo ahora sostenía a familias enteras hacinadas, sin agua suficiente, casi sin comida y en condiciones sanitarias extremadamente precarias. Durante varios días, el velódromo dejó de ser un espacio de deporte y espectáculo para convertirse en un lugar de desesperación e incertidumbre.
Este episodio fue retratado con crudeza en la película La Rafle (2010), dirigida por Rose Bosch, que reconstruye aquellos días desde la perspectiva de varias familias judías y de algunos ciudadanos franceses que intentaron ayudar.
“Quería que la audiencia sintiera el peso físico y moral de esos días en el Vel’ d’Hiv”, explicó la directora en entrevistas sobre la película. “No se trataba solo de contar cifras, sino de hacer palpable el miedo de un niño y la traición de un país a sus propios ciudadanos”.
La película —en la que participan actores como Jean Reno y Mélanie Laurent— ayudó a acercar esta historia a nuevas generaciones, recordando que el Vel’ d’Hiv no fue solo un escenario deportivo, sino también un lugar marcado por la memoria histórica.
¿Por qué recordar a través del cine?
El Vel’ d’Hiv fue demolido en 1959, pero la memoria de lo ocurrido en aquel lugar continúa viva gracias a investigaciones históricas, memoriales y obras culturales como el cine.
Recordar esta historia es también recordar el contraste profundo que define al lugar: un velódromo que alguna vez fue símbolo de espectáculo deportivo y que terminó convirtiéndose en escenario de una de las páginas más oscuras de la ocupación nazi en Francia.
Lo que no podemos olvidar
Como ciclistas urbanos, cada pedalada por París puede convertirse también en un acto de memoria. Donde antes hubo ruedas girando y multitudes celebrando carreras, también hubo llantos y silencio. Hoy, en el lugar donde se levantaba el Vel’ d’Hiv, una placa conmemorativa recuerda lo ocurrido y cada 16 de julio se honra a las víctimas de aquella redada.
Durante días, miles de personas permanecieron encerradas en el velódromo, sin ventilación adecuada, con apenas algunos baños y en condiciones que distaban mucho de cualquier trato humano. Tras ese encierro fueron trasladadas a campos de tránsito como Drancy y, posteriormente, deportadas a Auschwitz. Solo unas pocas centenas sobrevivieron.
Durante décadas, este episodio permaneció envuelto en un incómodo silencio en la sociedad francesa. No fue sino hasta 1995, cuando el presidente Jacques Chirac reconoció oficialmente la responsabilidad del Estado francés en estos hechos. El velódromo ya había sido demolido en los años cincuenta, pero la memoria de lo ocurrido nunca desapareció.
Para quienes hoy pedaleamos por las ciudades, puede resultar difícil imaginar que un lugar dedicado al deporte y al entretenimiento colectivo haya sido escenario de una tragedia tan profunda. Pero precisamente por eso es importante recordar: porque los espacios públicos también guardan historias, y algunas de ellas nos obligan a mirar el pasado con honestidad.
La bicicleta, como la ciudad, forma parte de un tejido social complejo. A lo largo de la historia ha sido protagonista de gestas deportivas, pero también de historias menos conocidas, como la de Oleg Pekonsky, un personaje casi olvidado del ciclismo.. En pistas, calles y caminos, ha sido testigo de épocas de entusiasmo, de progreso, pero también de momentos de conflicto y resistencia.
Hoy que utilizamos la bicicleta para movernos libremente por nuestras ciudades, vale la pena mirar atrás y reconocer esas historias. No todo en el pasado fue luminoso. Y reconocerlo no nos debilita: al contrario, nos permite pedalear con más conciencia, con más respeto por el espacio urbano y por quienes lo habitaron antes que nosotros.
Si te interesa la historia del ciclismo, puedes explorar más en nuestra guía: Historia del ciclismo: momentos que cambiaron la bicicleta.
📍 En la próxima entrega
Cerraremos esta serie con una reflexión sobre lo que el pasado puede enseñarnos como ciclistas urbanos.
¿Qué lecciones podemos extraer de la historia para construir ciudades más humanas, más conscientes y más sostenibles desde el sillín?
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Si prefieres escuchar esta historia mientras pedaleas o te desplazas por la ciudad, puedes encontrar la versión narrada en el podcast Soy Ciclista Urbano.
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Si disfrutas las historias del ciclismo histórico, puedes escuchar más episodios del podcast Soy Ciclista Urbano, donde exploramos personajes, carreras legendarias y momentos olvidados de la historia del ciclismo.
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Este post en especila me ha encantado porque permite conocer un hecho atroz de una manera interesante vinculado a un elemento que para mi simboliza todo lo contrario:, la libertad, la alegría y la pasión por la vida. Atenta a los próximos posts!
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