Grupo de ciclistas urbanos equipados con cascos rodando por la ciclovía verde de la Zona Colonial en Santo Domingo, República Dominicana.

Historia de la Bicicleta en España: Cómo Conquistó (y Perdió) las Calles

La llegada de la bicicleta a España no fue un evento repentino, sino el capítulo local de una revolución que comenzó mucho antes. Mientras que a nivel global todo empezó con inventos primitivos como la draisiana y su evolución hacia las modalidades modernas, en la península ibérica el proceso tuvo un ritmo propio. Los primeros velocípedos importados que rodaban por las calles de Madrid o Barcelona a finales del siglo XIX no eran vistos como transporte, sino como costosos juguetes para la aristocracia y la alta burguesía.

La relación de España con la bicicleta es una historia de amor, olvido, resistencia industrial y, sobre todo, de lucha por el espacio público. Lo que hoy vemos como una herramienta indispensable de movilidad sostenible comenzó como un lujo extravagante para unos pocos, se convirtió en el motor de la clase trabajadora de la posguerra y terminó sepultado por la fiebre del coche, antes de iniciar su actual y ruidosa reconquista urbana.

Fotografía histórica de la fachada de la tienda Ciclos Otero en Madrid en 1935, con ciclistas y bicicletas de la época.
La mítica tienda de Ciclos Otero en la calle Segovia de Madrid, un pilar de la historia ciclista española desde 1927. Foto de época (c. 1935).

La Llegada del Velocípedo (1860-1890)

La primera bicicleta que rodó en España no lo hizo en Madrid ni en Barcelona, sino en las carreteras de Huesca. En 1867, un industrial oscense llamado Mariano Catalán importó desde París un velocípedo Michaux —un tosco aparato de hierro y madera apodado «el rompehuesos» debido a la ausencia de neumáticos—. El intelectual Joaquín Costa, amigo de Catalán, había visto el invento en la Exposición Universal de París y le envió los planos. Catalán se convirtió, de facto, en el primer cicloturista de nuestra historia.

Durante las últimas décadas del siglo XIX, el ciclismo se consolidó como un deporte de élite. Los primeros «Velocípedos Club» nacieron en Madrid, Barcelona y Zaragoza. Eran aristócratas y burgueses que veían en la máquina de dos ruedas un símbolo de modernidad científica y estatus, un objeto de recreo dominical lejos de la dura realidad laboral del país. Si quieres profundizar en cómo este artefacto transformó la sociedad, te invitamos a descubrir lo que el ciclismo del pasado nos enseña hoy sobre la evolución de nuestras calles.

BH, Orbea y el Arte de Ciclos Otero

La verdadera democratización de la bicicleta llegó por necesidad industrial en los años 20. En el País Vasco, concretamente en Éibar, las fábricas de armas se enfrentaron a una crisis brutal tras el fin de la Primera Guerra Mundial. ¿La solución? Reconvertir los tubos de acero de los fusiles en cuadros de bicicletas.

Así nacieron gigantes como BH (Beistegui Hermanos) en 1923 y Orbea en 1930. El acero vasco pasó de alimentar trincheras a construir la movilidad de un país entero.

El Toque de Autor: Ciclos Otero (1927)

Mientras las grandes fábricas producían en masa en el norte, en Madrid nacía una leyenda artesanal. Enrique Otero fundó en 1927 la mítica tienda y taller Ciclos Otero en la calle Segovia, junto al viaducto.

«Otero no solo vendía bicicletas; esculpía cuadros de acero a medida que eran la envidia de Europa.»

Otero se convirtió en el templo del ciclismo madrileño. Su modelo estrella, la Otero Criterium, fue un icono de ligereza y aerodinámica que calzó a campeones nacionales y a ciclistas urbanos exigentes. La marca sobrevivió a la Guerra Civil, a la autarquía económica e incluso a un atentado de la banda terrorista ETA en 1994 que destrozó su mítica tienda. Otero demostró que el acero y la pasión son indestructibles.

La Vuelta a España (1935)

En 1935, el periódico Informaciones organizó la primera edición de la Vuelta a España. Cincuenta corredores —verdaderos «jabatos» de la ruta— tomaron la salida en Madrid para enfrentarse a 3.425 kilómetros divididos en apenas 14 etapas. Las bicicletas de piñón fijo y carreteras de tierra convirtieron la prueba en una epopeya de sangre y barro.

Las marcas locales BH y Orbea patrocinaron a los primeros equipos. El belga Gustaaf Deloor se llevó la general vistiendo un maillot que entonces era de color naranja. El ciclismo se convirtió rápidamente en el deporte del pueblo: era gratis de ver en las cunetas, heroico y reflejaba el espíritu de superación de una España que se adentraba en una de sus épocas más oscuras.

El Gran Cambio de la Movilidad: Del Pedal de Supervivencia al Olvido de los 60

Durante la posguerra (décadas de 1940 y 1950), la bicicleta fue el vehículo de transporte utilitario por excelencia en España. Médicos rurales, carteros, obreros de la construcción y agricultores se movían a golpe de pedal. No era una opción recreativa ni ecológica; era pura supervivencia económica.

El Quiebre: 1957 y el SEAT 600

El paradigma de la movilidad española cambió radicalmente el 27 de junio de 1957, día en que se matriculó el primer SEAT 600.

  • La motorización masiva: El «Seiscientos» puso a la clase media sobre cuatro ruedas.

  • La estigmatización del pedal: En menos de una década, la bicicleta pasó de ser una herramienta de trabajo respetable a ser catalogada despectivamente como «el vehículo de los pobres».

  • La dictadura del asfalto: Las ciudades se rediseñaron de forma agresiva para dar prioridad absoluta al coche. Las bicicletas fueron expulsadas de las calzadas y relegadas a juguetes infantiles o al ciclismo deportivo de fin de semana.

Este arrinconamiento histórico es clave para entender las tensiones viales que arrastramos hasta hoy. Si te interesa analizar este fenómeno urbano, lee nuestro artículo sobre los Pioneros del Ciclismo.

Siglo XXI: La Reconquista del Espacio Público

Tuvieron que pasar casi cincuenta años para que la bicicleta recuperara su dignidad urbana en España. El punto de inflexión moderno se sitúa a finales de la década de 2000:

  • El Milagro de Sevilla (2007): La capital andaluza construyó una red segregada y continua de 80 kilómetros de carriles bici en un tiempo récord. En pocos años, el uso de la bicicleta pasó del 0,5% al 6% de los desplazamientos diarios. Demostró que «si construyes infraestructura segura, los ciclistas aparecerán».
  • La Revolución del «Bike-Sharing»: La implantación de sistemas públicos como Bicing en Barcelona (2007) y, años más tarde, el sistema eléctrico BiciMAD en Madrid (2014), cambiaron la percepción de la bicicleta como un estorbo para integrarla como transporte público limpio.

No obstante, esta revolución ha topado de frente con el debate sobre el uso del espacio público y la gestión privada. Un claro ejemplo de esta tensión es el caso de Barcelona, que tras acumular miles de quejas vecinales y más de 5.400 sanciones a operadores privados de bicicletas compartidas (bicisharing sin base fija), ha anunciado la retirada y prohibición definitiva de todas sus licencias privadas de cara al 1 de enero de 2027. El ayuntamiento argumenta problemas de civismo y saturación de aceras, mientras que la oposición y colectivos ciclistas advierten de un retroceso en las alternativas de transporte sostenible.

Ante este veto al sector privado, la capital catalana apuesta por centralizarlo todo en el sistema público, anunciando una ampliación del 50% de la flota de Bicing para alcanzar las 12.000 bicicletas. Este giro histórico en Barcelona reabre el debate nacional sobre si el futuro de la micromovilidad urbana debe ser estrictamente público o si es viable una convivencia regulada con las plataformas privadas.

Más allá de los despachos, las normativas y los debates sobre licencias, lo que este escenario demuestra es que la bicicleta ya no es un actor secundario: está en el centro de la batalla por el diseño de nuestras ciudades.

Hoy, España no solo recuerda con nostalgia el acero de Ciclos Otero o las hazañas de la Vuelta de 1935; utiliza su legado para reclamar urbes más humanas, silenciosas y respirables. La historia de la bicicleta sigue escribiéndose, pedalada a pedalada.


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