Por: Soy Ciclista Urbano
El ciclismo ha tenido muchos escenarios memorables, pero pocos tan llenos de contrastes como el Velódromo de Invierno de París, también conocido como el Vel’ d’Hiv. Este recinto fue, durante décadas, la catedral del ciclismo de pista. Allí se vivieron gestas deportivas, ovaciones estruendosas y noches sin fin. Pero también, lamentablemente, allí ocurrió uno de los episodios más tristes de la historia moderna francesa.
Hoy te cuento su historia: desde sus inicios como templo del espectáculo hasta su legado como símbolo de memoria.

El templo del ciclismo de pista
Todo comenzó tras la Exposición Universal de 1900 en París. El edificio “Salle des Machines”, usado en la feria, quedó vacío y pronto fue transformado en un moderno velódromo cubierto. Diseñado en tiempo récord por el arquitecto Gaston Lambert, el recinto abrió sus puertas con una pista de madera de 333 metros de largo, con espacio para 20,000 personas.

El público llenaba las gradas para ver a los grandes del ciclismo correr en eventos como las famosas carreras de seis días, una modalidad que nació en Nueva York y conquistó Europa bajo el nombre de “l’américaine”. Era velocidad pura, resistencia, y estrategia en equipos de dos ciclistas.
Por su pista pasaron ídolos como Émile Georget y Louis Trousselier, y entre los espectadores se mezclaban figuras del espectáculo y la alta sociedad. Mistinguett, Henri de Rothschild… todos iban al Vel’ d’Hiv como quien va hoy a un gran concierto.
Del deporte al horror: la redada del Vel’ d’Hiv
El mismo escenario donde resonaron los aplausos para los héroes del ciclismo se convirtió, en julio de 1942, en una trampa mortal. Bajo órdenes nazis y con colaboración del gobierno de Vichy, 13,152 judíos (4,115 niños entre ellos) fueron arrestados y apiñados en el Vel’ d’Hiv. La pista de madera que había visto correr a campeones ahora sostenía a familias enteras, desesperadas, sin agua ni comida.
Este episodio fue retratado con crudeza en La Rafle (2010), dirigida por Rose Bosch. «Quería que la audiencia sintiera el peso físico y moral de esos días en el Vel’ d’Hiv —explicó la directora—. No era solo contar números, era hacer palpable el miedo de un niño, el olor a sudor y miedo, la traición de un país a sus propios ciudadanos». La película —disponible en plataformas como Amazon Prime— muestra a Jean Reno como un médico testigo de la barbarie y a Mélanie Laurent como una enfermera que desafía el sistema.
¿Por qué recordar a través del cine?
- El Vel’ d’Hiv fue demolido en 1959, pero films como este son ladrillos contra el olvido.
- Rose Bosch insistió en un detalle simbólico: «Filmamos escenas de ciclistas fantasmas en la pista. Era imposible ignorar que ese lugar había sido templo de vida antes de convertirse en su antítesis».
Lo que no podemos olvidar
Como ciclistas urbanos, cada pedalada por París puede ser un acto de memoria. Donde antes hubo ruedas girando, hubo llantos; donde hoy hay placas conmemorativas, hubo silencio cómplice.
La bicicleta es memoria en movimiento: Hoy, nuestras rutas son huellas de resistencia: pedalear conociendo el pasado es negarse a repetirlo. En 1942, el Vel’ d’Hiv fue instrumentalizado para el horror. En 2010, La Rafle devolvió nombres y rostros a las víctimas.

El recinto estaba cerrado, sin ventilación, con apenas baños y sin condiciones humanas. Las familias estuvieron allí ocho días antes de ser deportadas a campos de concentración como Drancy y, finalmente, Auschwitz. Solo unas pocas centenas sobrevivieron.
Durante años, Francia evitó hablar de este episodio. No fue sino hasta 1995, que el presidente Jacques Chirac reconoció oficialmente la responsabilidad del Estado francés en estos hechos. El Velódromo fue demolido en los años 50, pero la memoria quedó.
Hoy, donde estaba el Vel’ d’Hiv, hay una placa conmemorativa y cada 16 de julio se recuerda a las víctimas.
Como ciclistas urbanos, quizás nos resulte extraño que un lugar dedicado al deporte y la vida activa se haya convertido en escenario de una tragedia tan grande. Pero es precisamente ahí donde está el valor de recordar: para que la memoria no se borre, para que la historia no se repita, y para entender que el espacio público también guarda cicatrices.
El ciclismo, como la ciudad, es parte de un tejido social complejo. En las pistas, en las calles, en los caminos rurales… la bicicleta ha sido testigo de todo: progreso, alegría, lucha y resistencia.
Hoy que usamos la bicicleta para movernos libremente por nuestras ciudades, vale la pena mirar atrás y honrar esas otras historias. No todo en el pasado fue dorado. Y reconocer eso no nos debilita, al contrario: nos hace pedalear con más conciencia, con más respeto por el espacio y por quienes lo habitaron antes que nosotros.
📍 En la próxima entrega:
Vamos a cerrar esta serie con una reflexión sobre lo que el pasado nos enseña como ciclistas urbanos. ¿Qué podemos aprender de la historia para construir ciudades más humanas y sostenibles desde el sillín?
Fuente
Este artículo fue corregido y modificado con la asistencia de ChatGPT, un modelo de lenguaje desarrollado por OpenAI.
Descubre más desde Soy Ciclista Urbano
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Este post en especila me ha encantado porque permite conocer un hecho atroz de una manera interesante vinculado a un elemento que para mi simboliza todo lo contrario:, la libertad, la alegría y la pasión por la vida. Atenta a los próximos posts!
Me gustaMe gusta